«No sé si alguien ha hablado del síndrome de la entrada en blanco, evolución tecnológica del de la página en blanco pero, sin duda, es un concepto cuya existencia la justifican momentos como el que vivo» —me decía a mí mismo con la sonrisa pretenciosa del que es sabedor de que nadie le podría replicar ya que para ello, en la soledad de mi habitación, tendría que desdoblar mi personalidad. Y no era yo de muchos esfuerzos. Bastante me había costado alcanzar una personalidad más o menos armónica como para tener que crear una segunda en contra de la que ya había edificado. Me suponía tanto esfuerzo como escribir la entrada que llevaba tantas semanas aplazando. Para eso, en el refugio que era mi cuarto, rebuscaba entre los viejos recuerdos de mi primer y último viaje a Nueva York que, para el caso, se presentaban como unos souvenirs que confiaban su existencia a un simple cajón de escritorio. Lo hacía con la esperanza de que alguno de esos objetos creara en mi mente la ilusión de que tenía un buen artículo sobre Nueva York. Pues al fin y al cabo, las ilusiones, en su sentido más primario, no son sino el alimento de la esperanza.

Empecé a pensar en lo que un artículo prototípico diría de Nueva York. «Seguro que comenzaría diciendo que Manhattan es el distrito principal de la ciudad de Nueva York, centro económico y turístico de la ciudad aunque no así de residencia» —pensé satisfecho de tener un punto desde el que comenzar mi batalla. Así, partiendo de esa idea, diría que con su característico trazado hipodámico que separa entre sí las calles unos 60 metros y las avenidas entre 185 y 280 metros, esta ciudad se divide en doce avenidas de este a oeste y en más de cien calles. Habría que mencionar que los números de cada portal no son muy útiles ya que las calles son muy largas, así que se suele indicar el cruce entre calle y avenida. ¿Y quién no ha visto en una película americana la típica escena en la que el protagonista solo tiene que alzar el brazo en diagonal para que se detenga alguno de los numerosos taxis en constante movimiento por la ciudad? Posteriormente el musculoso pasajero, que bien podría ser de una película de acción, le indicaría al conductor, generalmente inmigrante, que quiere ir a la 57 con la tercera para destrozar con el dedo meñique a una banda de peligrosos maleantes que pretende introducir de contrabando pelucas al estilo Anasagasti. Aunque esto último sería una morcilla del doblaje.

Sin embargo, al evocar esa escena del taxi resultó inevitable que irrumpiese en mi mente la imagen del metro de Nueva York, uno de los más antiguos del mundo y de los pocos que permanece en funcionamiento las 24 horas. Agazapado se encontraba uno de esos planos presentes en todas las estaciones en aquel cajón que bien podría pasar por el bolsillo de Doraemon gracias a la magia que desprendía. En la representación de ese plano nada advertía al pasajero de que fue concebido a principios del siglo pasado, lo que sin duda era el origen del auténtico suplicio que suponía esperar en los andenes por el calor que parecía venir del mismo infierno y que contrastaba con el gélido aire en los vagones. Aunque ocurría igual que en la mayoría de recintos, todo sea dicho, en esto los estadounidenses no tienen término medio. «Descartado» —pensé mientras estrujaba aquel plano convirtiéndolo en una bola de papel. Entonces tendría que hablar del gran problema que tienen con las ratas, del tamaño de un puño, que circulan entre las vías a la vista de los pasajeros con tanta o más puntualidad que los trenes. Las ratas, definitivamente, no son un tema sobre el que hablar en una octava entrada. Hay que reservarlo para ocasiones especiales como el aniversario de un blog o cuando en tu primera cena con tus suegros llega la hora de los postres y empiezan a servir una tarta con lo que parecen ser virutas de chocolate.

Manhattan desde el Empire State Building

De lo que quizás sí podría hablar es de dónde compran los neoyorquinos. Su modelo dista mucho del que tenemos en la mayoría de los países europeos, sin presencia apenas de grandes supermercados. La mayoría de las pocas cadenas allí presentes están especializadas en alimentos ecológicos. Lo cierto es que tan pronto te los encuentras en un restaurante de comida basura como los ves hacer cola en uno de los numerosos puestos callejeros dedicados a hacer zumos de más de cien clases. Además, podría aprovechar para hablar de los horarios de los comercios que, a diferencia de lo que ocurre en España, no cierran a mediodía ni tampoco suelen hacerlo los domingos. Es más, muchos restaurantes y locales varios repartidos por casi toda la ciudad están abiertos las 24 horas. Eso me permitiría comentar también las diferencias de precios entre los distintos comercios y cómo encontrar comida y tiendas baratas (Jack's 99 Cent Store se convirtió en mi auténtico amor gracias a artículos como camisetas a un dólar). Ya, ¿y tener que contar cómo me recorría media ciudad buscando los perritos, que en España odio, de un dólar para darme cuenta el último día de estancia de que tenía dos justo al lado de donde estudiaba? Y es que con el aroma constante que desprendían los puestos callejeros de la ciudad era imposible no comer más de lo habitual y tener que saciar el hambre con pequeños tentempiés cada poco (de la sed ya se encargaban en los restaurantes de comida rápida sirviéndote refrescos de 1,25 l). Incluso la policía montaba alguna barbacoa improvisada para ganar el voto de la gente en no sé qué elecciones. «Sí, sí. Yo estoy muy comprometido con vuestra causa» —les dije mientras alargaba mi mano hacia un par de hamburguesas a la vez que pensaba: «Mmm, comida buena. Yo contento». Pero quizás no sería conveniente que pensamientos así de avanzados vieran la luz. Seguramente mis lectores sí, pero el resto de la humanidad no está preparada.

Mi cámara de fotos, sin embargo, sí podría ser testigo de momentos al alcance y comprensión de todos: una foto de Columbus Circle, lugar perfecto para sentarse y reflexionar, el ajetreo de la Quinta Avenida, el anochecer cruzando el Puente de Brooklyn o el simbolismo americano de la Estatua de la Libertad son algunos de ellos. «¡Ah, mira estas fotos que saqué en barrios como SoHo y Chelsea!» —exclamé para mis adentros mientras seguía deleitándome con las fotos de la cámara que acababa de encontrar. En la pantalla de aquella cámara aparecían las chicas mejor vestidas de toda Nueva York que había tenido el placer de ver. Quizás sería una excelente oportunidad para mostrar el típico glamour característico de la isla de Manhattan. ¿A quién no le gustaría saber que fue precisamente en SoHo donde estuve, por casualidad, a pocos centímetros de Meryl Streep? Y es que en Nueva York es fácil toparse con estrellas. En ese caso fue a la salida de una entrevista pero tampoco es nada difícil localizar rodajes en ubicaciones como Central Park (Person of Interest) o Times Square. Si hablase de esto podría aprovechar y comentar aquella conversación con un lugareño que tan acertada resultó ser:

—Vaya, ¿qué es lo que están rodando ahí? —dije mientras me acercaba a una aglomeración de gente que observaba a unos pocos metros lo que parecía ser la grabación de una escena.
—Están empezando a montarlo todo, de momento solo hay personal técnico —dijo un neoyorquino dejando ver su rostro al dirigir una rápida ojeada hacia donde había intuido mi voz.
—Ah, gracias —le respondí con una sonrisa que brotó de forma natural al ver su amabilidad—. ¿Y no va a venir nadie famoso? —concluí.
—El equipo está diciéndonos que es solo un anuncio y los curiosos se están marchando. ¿Pero sabes qué? Eso es exactamente lo que yo diría si quisiera librarme de curiosos —afirmó convencido ese desconocido mientras buscaba mi cara de nuevo para guiñarme un ojo a pesar de lo difícil que se hacía moverse.
—Mmm, tiene lógica —le hice saber sonriendo para devolverle el gesto—. Además, ¿iban a rodar justo en Times Square para solo un anuncio? Confiaré en ti y volveré después. ¡Gracias! —exclamé mientras intentaba dejar atrás el grupo de curiosos para comprar los últimos recuerdos en lo que fue mi último día en Nueva York.

Más tarde volví. Al final, aquel chico tenía razón y el equipo nos estaba mintiendo. Sí que se trataba del rodaje de una escena de una serie, concretamente de Smash, con la presencia de la actriz de Will y Grace, Debra Messing. Sería un bonito gesto agradecerle el poder haber visto en directo un rodaje, justo mi último día.

Rodaje de la serie Smash en Times Square

Rodaje de la serie Smash en Times Square

—¡A quién le interesa eso, gilipollas! —bramó lo que parecía una versión en miniatura de mí mismo. Aunque yo no recordaba haber llevado nunca cuernos ni una especie de pijama rojo.

Sin previo aviso y a pesar de que yo nunca había creído en ángeles de la guarda ni en demonios, había aparecido encima de mi hombro derecho un ser etéreo a quien no parecía importarle mi criterio sobre lo que existía y lo que no. Mi ilusión se había transformado en una mezcla de sorpresa y disgusto que no duraría mucho tiempo ya que la mejor versión de mí mismo estaba a punto de aparecer sobre mi hombro derecho:

—¿Por qué le dices esas cosas? —le preguntó el segundo demonio al primero—. Se va a creer lo que no es. Él no es un idiota, es un maldito GILIPOLLAS terminal y sin remedio.
—Joder, aquí alguien se ha equivocado con el reparto de ángeles —dije ya visiblemente disgustado.
—No, en todo caso con el de cerebros —respondió uno de ellos.
—¿Por qué conforme avanzan mis pensamientos se vuelven más locos? —me pregunté en voz alta.
—Será una metáfora de tu vida —dijeron ambos al unísono con evidente sorna.

Eran demasiadas las dudas que me asaltaban. Suponía que aquello no era más que un juego de mi exhausta mente. ¿Pero por qué era yo el juguete y no el jugador? Quería ponerle fin a lo que consideraba una tiranía pero no sin antes intentar descubrir por qué se manifestaban mis miedos de esa forma.

—No sé, ¿pero no dice la constitución que todos tenemos derecho a un ángel digno? —pregunté en lo que creía que era un diálogo con mi mente—. ¿No deberíais contradeciros el uno al otro? He visto demasiadas películas con guionistas pésimos como para no conocer ese detalle.
—Es que no podemos, los dos pensamos que eres idiota —respondió el que levitaba sobre mi hombro izquierdo—. Yo antes era un ángel pero nuestro odio hacia ti nos ha unido, igual que pasó con tus padres como gente de buen criterio que son.
¡FUERA! ¡FUERA! —farfullé viendo que no iba a esclarecer nada.

Desaparecieron con la misma facilidad con la que la RAE puede destruir la coherencia de un idioma. Era evidente, incluso para mí, que tanto esfuerzo empezaba a resquebrajar mi débil equilibro mental. Tenía que pensar rápidamente en algo.

El cajón, lo que creía que sería una fuente de excelentes ideas, ya no era testigo de nada. De allí no podían brotar más ideas. Era estéril. Ya solo quedaba mi teléfono móvil. Y por mucho que me hubiese ayudado mi smartphone, la revolución móvil en el turismo no iba a sorprender a nadie. Ya no. Cualquiera puede descubrir los negocios mejor valorados de la zona, buscar la mejor ruta en metro, orientarse gracias a Google Maps, usar un diccionario para descubrir el significado de una palabra desconocida o Twitter para quedar o ver los eventos de la ciudad. Hay tanto donde elegir… Pero ninguna tecnología del mundo podrá cambiar a los muchos neoyorquinos que son supersticiosos. Tan es así que muchos ascensores no tenían el número 13 y los locales dedicados al tarot abundaban en el peculiar trazado urbano. Y es que a veces resulta difícil no creer en una fuerza superior con hechos extraños como el que fue toparme por casualidad en una calle nada turística (Lexington con la 86) con uno de mis profesores de universidad.

Nada, ya no me quedaba nada. Mis recuerdos ya no tenían valor, si es que alguna vez lo tuvieron. «Me rindo» —dije en voz alta para que pareciera más real. Al fin y al cabo el blog versaba sobre lengua. Yo solo quería hablar de que traducir no solo supone saber una serie de reglas gramaticales, pronunciaciones o el significado de unas cuantas miles de palabras. Ser traductor significa entender una cultura, vivirla. Saber por qué la cultura ha moldeado una lengua de esa forma que a veces no resulta muy clara ni a los propios hablantes. Ser traductor es entender también las diferencias y las similitudes entre dos mundos. Y entender que ninguno es perfecto. Ni lo será, pues cada uno tiene a sus propios hablantes con ideas y aspiraciones que beben de una fuente común pero no tienen que querer desembocar en el mismo sitio. Y para esto resultan de gran ayuda becas como esta, para aprender. Yo he aprendido mucho pero ya no tengo fuerzas para batallar contra nadie, especialmente contra mí mismo. Estoy cansado, exhausto, son las 10:27 de la mañana y han sido muchas horas intentándolo. Mis ojos no pueden más. Pulso el botón de lo que intuyo que es cerrar, justo al lado del de publicar mientras mis párpados caen. Espero haberlo borrado correctamente pero ya no puedo comprobarlo. Descanso, lo merezco.